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Ana María Torres: del «váyanse a lavar trastes» al Salón de la Fama

Ciudad de México.- Hace 25 años, el 3 de julio de 1999, Ana María Torres peleó en la primera función profesional de boxeo femenil en la Ciudad de Méxi-co. Un veto obsoleto de los años 50 del siglo pasado, durante la época del Regente de Hierro Ernesto Uruchurtu, lo impedía. Modificar esa prohibición que segregaba a las mujeres del pugilismo exigió un verdadero movimiento colectivo pa-ra derribar no sólo barreras jurídicas, sino también ideológicas que veían lo femenino como una esencia aje-na a cualquier actividad considerada exclusiva de los hombres.

Si la ex boxeadora Laura Serrano fue la vanguardia decisiva en esa lucha, Torres fue la encargada de hacer pedazos ese muro sostenido por las ideas más retrógradas. Un cuarto de siglo después, La Guerrera culminó una trayectoria ejemplar al ingresar al Salón Internacional de la Fama, en Canastota, Nueva York, el Olimpo donde se incluyen los nombres de las leyendas del boxeo.

Lo más difícil de ese debut fue el público, recuerda Ana María esa noche de julio de 1999 en la Arena México. La mayoría de los asistentes en aquella velada eran hombres que insultaban a ella y a su contrincante Mariana Juárez.

“Esas palabras no las olvido. Nos gritaban: ‘Váyanse a lavar trastes. Váyanse a la cocina’. Esas frases duelen más que los golpes. Todavía las recuerdo”, relata.

Aquella noche La Guerrera no quería ser la primera en subir al cuadrilátero. Ante la hostilidad del público que las veía con morbo y actitud burlona, prefería que otras compañeras lo hicieran antes. Pero un mánager le dijo que así estaba planeado y sería muy importante en el futuro, cuando reflexionara sobre este momento.

Yo no sabía que eso que estaba ocurriendo sería parte de la historia, no sólo del boxeo, sino de cómo las mujeres tenemos barreras tan absurdas como una ley que nos impedía ejercer un deporte profesional con libertad, señala.

Todo era nuevo para ella. Ni siquiera sabía que le vendarían las manos de manera profesional. Entre la sorpresa y la curiosidad, observó cómo se las envolvían con tela adhesiva y gasas para proteger esas armas de mujer y no con las vendas comunes de enfermería que ella utilizaba en el gimnasio.

Cumplir con la historia

Temblaba mientras esperaba salir del camerino. Eso era un decir, porque en esos años los vestuarios de arenas y gimnasios no tenía sección de mujeres y una simple toalla les servía para tener un poco de intimidad para cambiar la ropa de calle por la vestimenta de boxeadoras. A pesar de todo, Torres reunió más valor y salió decidida a cumplir con la historia. Durante ese trayecto rumbo al cuadrilátero –recuerda– se aisló del ambiente que le rodeaba.

Fue como si caminara dentro de un túnel oscuro que me separaba del público; sólo recuerdo cómo se me reveló el cuadrilátero con todas sus luces y brillos, cuenta.

“Escuchaba las palabras de desprecio o de burla de los hombres. Y pensaba: ‘carajo, no sé por qué me gritan si yo también me rompo la madre entrenando en el gimnasio. Hago lo mismo que mis compañeros y a ellos no les faltan al respeto’. Y así esperaba a que sonara la primera campanada de esa noche hace 25 años.”

Después de esa experiencia inaugural, peleó dos veces más en la Arena México en ese mismo año, en septiembre y de nuevo con Mariana Juárez en diciembre. Pero notó que en esos seis meses hubo un cambio sustancial en el público que acudía al boxeo. El número de mujeres creció como audiencia y los hombres se vieron obligados a respetarlas por la entrega que daban estas peleadoras.

Esa generación de pioneras hicimos que muchos se tragaran su palabras. Esas mismas que nos gritaron cuando debutamos se las tragaron. Ahora nos veían con respeto, porque salíamos a dar verdaderas batallas, enuncia sin ocultar un dejo dulce de venganza.

El público dejó de ser un adversario y las mujeres empezaron a asistir de manera regular al boxeo. Después de esa victoria cultural, se dieron cuenta que el verdadero rival a vencer, aún en esta fecha, son los promotores, porque son esos empresarios del deporte quienes no las querían incluir en las carteleras y hasta el día de hoy han sido reacios a pagar sueldos equitativos.

Aún queda mucho por hacer. El boxeo femenil ya es una realidad que ha ganado respeto como deporte y negocio. Sin embargo, hasta ahora, una mujer que trabaja como boxeadora en México no puede vivir de esto. Todavía debe buscar otros ingresos o tener un empleo distinto para poder subsistir, porque del cuadrilátero no viven las peleadoras, lamenta.

Ana María hace una larga lista de personas cuando quiere agradecer todo lo que el boxeo le ofreció en la vida. Recuerda los días inciertos en Ciudad Nezahualcóyotl, la función del 3 de julio de 1999, la pelea y el público, y sobre todo, el esfuerzo de todo un gremio de mujeres encabezado por Laura Serrano. Todas ellas derrumbaron medio si-glo de prejuicios.

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